En esta era de ultra-comunicación y condicionamiento mediático, la diseminación del conocimiento es a su vez manipulable y está fuera de control. La plétora de paradojas en coexistencia, cohabitación sin límites entre lo propio y lo ajeno, entre lo disímbolo y lo antagónico, muestran la angustia creciente que transforma lo cotidiano y cuestiona la posibilidad de perdurar. No es improbable que este sentimiento de ausencia tenga cierta relación con el sentido de falta lacaniano. Así, toda significancia es flotación a la deriva, destino infijable, todo lugar es virtual asiento de indefinidos potenciales de sentido en perpetua fuga. A partir de ahí la preocupación por modificar el espacio, volcándose hacia su interior. No están lejos las enseñanzas de Duchamp o Nauman, pero tampoco el interés de seguir la operación simbólica que atribuye un valor estético a un espacio en vez de a un objeto. No se trata pues de apuntar hacia los no-lugares, sino mas bien se busca realizar una suerte de zoom-in sobre estos instantes/paisajes. A través de este mecanismo es posible abrir la lectura de estos fragmentos con el fin de encontrar otros significados imprevistos o relaciones simbióticas. Independientemente de las vocaciones estilísticas personales, el espectador se enfrenta a un ejercicio de inteligencia puesta en acto, transmitida con ligereza a través del dispositivo entero de la exposición en una reacción de indiferencia visual combinada con una ausencia total de buen o mal gusto, en resumen, de una anestesia total.
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